Chile en venta: Kast, Trump y el precio de arrodillarse
En las estaciones de servicio mas que geopolítica, lo que hay son números. El precio de llenar sube y las familias ajustan. El petróleo no entiende de discursos, pero sí de decisiones. Y las decisiones, hoy, tienen nombre y apellido, un gobierno que elimina el MEPCO de manera bruta; y en el mundo, en los pasillos del poder de Donald Trump, donde se ideo presionar Ormúz y terminaron dándolo a China en bandeja. Porque esta no es solo una crisis internacional. Es también una forma de mirar el mundo. Una forma de pararse —o de arrodillarse— frente a él. El conflicto en Oriente, empujado con una mezcla de audacia y torpeza, tensó una de las arterias más sensibles del comercio global. El estrecho de Ormuz dejó de ser un nombre en los mapas para convertirse en un termómetro del miedo. Y cuando el miedo se instala en el mercado del petróleo, el mundo paga. Chile también. Pero aquí se decidió algo más: no amortiguar el golpe. La suspensión del mecanismo que estabilizaba los precios no fue solo una medida económica. Fue una señal política. El Estado retrocede, la familia absorbe. El gobierno reconoce el origen externo del problema, pero evita interrogar su causa. Como si el incendio se describiera, pero no se nombrara al incendiario. En La Moneda, el lenguaje a veces traiciona más que los documentos. Decir “nuestro embajador” no es un error menor; es una grieta por donde se filtra una idea más profunda: la confusión entre alianza y dependencia. Chile, que supo navegar entre potencias con prudencia, parece hoy inclinarse sin resistencia hacia una sola orilla. Y en esa inclinación aparece la figura de José Antonio Kast. No como un observador, sino como un intérprete fiel de una partitura escrita fuera. La estética, los gestos, las consignas: todo remite a una política importada, a una épica ajena. Pero gobernar no es imitar. Gobernar es decidir quién paga los costos. Mientras tanto, el mundo se reordena sin pedir permiso. China avanza sin estridencias, suma influencia mientras otros dividen. Occidente se tensiona, se fragmenta, se contradice. Y en ese ruido, Chile parece haber optado por un alineamiento automático, sin margen, sin matices, sin estrategia propia. El problema no es la cercanía con Estados Unidos. Nunca lo ha sido. El problema es la renuncia a la autonomía. Es la incapacidad de decir “hasta aquí” cuando los intereses nacionales lo exigen. Es convertir la política exterior en un acto de lealtad personal y no de inteligencia colectiva. Los liderazgos fuertes suelen seducir en tiempos de incertidumbre. Ofrecen orden, claridad, enemigos definidos. Pero también simplifican el mundo hasta volverlo peligroso. Y cuando esa simplificación se adopta sin filtro, los costos no se quedan en Washington. Se sienten en Santiago, en la feria, en la casa. Con el retiro del MEPCO Kast está haciendo pagar la cuenta de su admirado Trump a todo Chile; con el acuerdo por las tierras raras de Penco a EEUU, Kast está vendiendo nuestra soberanía; con el retiro del apoyo a Michelle Bachelet, Kast está demostrando una vez más su exagerada complacencia hacia el La pregunta ya no es ideológica. Es material. ¿Quién paga el precio de esta forma de entender el poder? Porque al final, lejos de los discursos y las banderas, la política siempre termina en el mismo lugar: en la vida concreta de las personas. Y ahí, hoy, lo que se siente no es liderazgo. Mientras la bencinera se llena y la paciencia se agota.
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