Río Revuelto

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Negocios de Guerra: Los juegos de Trump

La guerra es una herramienta. El discurso de Donald Trump vuelve a instalar una idea inquietante: usar el conflicto como mecanismo de presión. Según reportes, su círculo cercano ha deslizado la posibilidad de que el acceso al petróleo de Irán podría formar parte de un eventual acuerdo para poner fin a una guerra que, paradójicamente, aún no se declara del todo. No es solo diplomacia. Es transacción. Lo que se dibuja no es una guerra total, sino algo más complejo: una tensión sostenida, calibrada, útil. Mientras Estados Unidos evalúa sus próximos pasos, el estrecho de Ormuz —arteria energética del mundo— aparece como una pieza clave. Controlarlo o bloquearlo no es solo una acción militar: es una jugada económica global. Irán, por su parte, no juega a la defensiva. Su presencia en la región, sus alianzas y su capacidad de respuesta configuran un tablero donde cada movimiento puede escalar. Y en ese tablero, la guerra deja de ser un evento para transformarse en un proceso. Entre la diplomacia y la fuerza Dentro del propio entorno de Trump hay tensiones. Algunos empujan la vía diplomática: negociar, contener, evitar una escalada que podría ser incontrolable. Otros ven en el conflicto una oportunidad histórica para redefinir el equilibrio en Medio Oriente, incluso impulsando cambios estructurales dentro del régimen iraní. No es una diferencia menor. Es la distancia entre estabilizar el mundo o reconfigurarlo a la fuerza. Trump, como tantas veces, parece moverse entre ambas aguas. El cálculo político detrás de la guerra Nada de esto ocurre en el vacío. Las decisiones no solo responden a variables militares o estratégicas, sino también a presiones internas: elecciones, narrativa pública, liderazgo. La guerra —o su amenaza— también ordena la política doméstica. En ese sentido, el conflicto no solo se juega en Teherán o Washington. También se juega en la opinión pública, en el miedo, en la necesidad de mostrar control. Cuando la guerra deja de ser el último recurso Lo verdaderamente inquietante no es la posibilidad de un conflicto. Es su normalización. Cuando la guerra se convierte en una herramienta más dentro del menú político, pierde su carácter excepcional. Se vuelve administrable, negociable, incluso rentable. Y ahí es donde el riesgo escala. Porque si la guerra sirve para negociar, entonces siempre habrá razones para acercarse a ella. El mundo en suspenso Casi 300 ciudadanos estadounidenses ya han sido evacuados de Irán. Tropas se despliegan. Decisiones se postergan. El lenguaje se endurece. Todo indica que el mundo no está al borde de una guerra. Está dentro de una tensión que puede transformarse en guerra en cualquier momento. Y en ese espacio intermedio —incierto, volátil— es donde se toman las decisiones más peligrosas.

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Cuerpo Nacional, Río Revuelto

Chile en venta: Kast, Trump y el precio de arrodillarse

En las estaciones de servicio mas que geopolítica, lo que hay son números. El precio de llenar sube y las familias ajustan. El petróleo no entiende de discursos, pero sí de decisiones. Y las decisiones, hoy, tienen nombre y apellido, un gobierno que elimina el MEPCO de manera bruta; y en el mundo, en los pasillos del poder de Donald Trump, donde se ideo presionar Ormúz y terminaron dándolo a China en bandeja. Porque esta no es solo una crisis internacional. Es también una forma de mirar el mundo. Una forma de pararse —o de arrodillarse— frente a él. El conflicto en Oriente, empujado con una mezcla de audacia y torpeza, tensó una de las arterias más sensibles del comercio global. El estrecho de Ormuz dejó de ser un nombre en los mapas para convertirse en un termómetro del miedo. Y cuando el miedo se instala en el mercado del petróleo, el mundo paga. Chile también. Pero aquí se decidió algo más: no amortiguar el golpe. La suspensión del mecanismo que estabilizaba los precios no fue solo una medida económica. Fue una señal política. El Estado retrocede, la familia absorbe. El gobierno reconoce el origen externo del problema, pero evita interrogar su causa. Como si el incendio se describiera, pero no se nombrara al incendiario. En La Moneda, el lenguaje a veces traiciona más que los documentos. Decir “nuestro embajador” no es un error menor; es una grieta por donde se filtra una idea más profunda: la confusión entre alianza y dependencia. Chile, que supo navegar entre potencias con prudencia, parece hoy inclinarse sin resistencia hacia una sola orilla. Y en esa inclinación aparece la figura de José Antonio Kast. No como un observador, sino como un intérprete fiel de una partitura escrita fuera. La estética, los gestos, las consignas: todo remite a una política importada, a una épica ajena. Pero gobernar no es imitar. Gobernar es decidir quién paga los costos. Mientras tanto, el mundo se reordena sin pedir permiso. China avanza sin estridencias, suma influencia mientras otros dividen. Occidente se tensiona, se fragmenta, se contradice. Y en ese ruido, Chile parece haber optado por un alineamiento automático, sin margen, sin matices, sin estrategia propia. El problema no es la cercanía con Estados Unidos. Nunca lo ha sido. El problema es la renuncia a la autonomía. Es la incapacidad de decir “hasta aquí” cuando los intereses nacionales lo exigen. Es convertir la política exterior en un acto de lealtad personal y no de inteligencia colectiva. Los liderazgos fuertes suelen seducir en tiempos de incertidumbre. Ofrecen orden, claridad, enemigos definidos. Pero también simplifican el mundo hasta volverlo peligroso. Y cuando esa simplificación se adopta sin filtro, los costos no se quedan en Washington. Se sienten en Santiago, en la feria, en la casa. Con el retiro del MEPCO Kast está haciendo pagar la cuenta de su admirado Trump a todo Chile; con el acuerdo por las tierras raras de Penco a EEUU, Kast está vendiendo nuestra soberanía; con el retiro del apoyo a Michelle Bachelet, Kast está demostrando una vez más su exagerada complacencia hacia el La pregunta ya no es ideológica. Es material. ¿Quién paga el precio de esta forma de entender el poder? Porque al final, lejos de los discursos y las banderas, la política siempre termina en el mismo lugar: en la vida concreta de las personas. Y ahí, hoy, lo que se siente no es liderazgo. Mientras la bencinera se llena y la paciencia se agota.

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